RECETA DE BOQUERONES

  • duración : 9’
  • dificultad: baja
  • interés: escaso

Me embarqué en un psicoanálisis sin tener ni idea.

PARTIDA DE POKER Cincinnati Kid, 1965

Ya había jugado al póker, y perdido, frente a Edward G. Robinson (Lancey Horward, El rey del juego, 1965) así que pasado un tiempo le propuse una partida final. El muy cretino, quitándose de encima aburridísimas sesiones, me derivó a un comedido Mr. Bean.

(Mr. Bean, sin perder la compostura, trastoca todo a su alrededor)

Como un personaje de película años 60. Pulcro, inexpresivo, protegiéndose la mirada. Fuma en pipa y lleva un pañuelo al cuello. A su alrededor los objetos toman vida. La pipa flota, la voz va por un lado y la mirada por otro.

A partir de ahí (en esas cuatro paredes) me incorporaré a un movimiento de flotación, levitación y retorno. Un interminable y aburrido proceso de calibrado y laminación en frío.

La pipa vuela

Mi actividad principal consistirá en controlar su ritmo respiratorio, sus carraspeos, las chamadas a la pipa o su vaciado en el cenicero con las palanquitas esas. También, prestar atención a sus latidos y reacomodos en el sillón.
Esto puede parecer imposible, porque si estoy tumbado delante no veo lo que ocurre detrás. Pero adquiriré destreza con el tiempo. Y ayuda mucho para la concentración mantener un silencio prolongado.

Pero aquel día pasaba algo. Algo no cuadraba; algún suspiro más profundo no dejaba concentrarme. Puedo decir: respiraba diferente.
Así que le pregunté a la lámpara que colgaba del techo; tumbado desde mi posición, sin verle:
– le pasa algo?

La pipa salió por los aires desapareciendo debajo del sillón.
Apareció en mi campo visual y la recogió:
– perdone, hoy no vamos a seguir el ritmo habitual. Un familiar ha tenido un accidente y estoy esperando una llamada para recogerlo.

Fue una sesión corta, con puertas que se abrían y se cerraban, llamadas telefónicas y una despedida abreviada.

Atrapado en el tiempo, Harold Ramis. 1993

Atrapado en el tiempo

En aquel espacio cerrado, representamos un vodevil incómodo; función de fin de curso (o fuego de campamento) ante la complacida dirección del colegio, en donde, con tono apagado, todo será como si. Incluido un asombroso Hombre Orquesta.

Se aplicará a fondo. Todas las escuelas, todos los sintagmas, con saltos de continuidad y dosis de asombro.

Aislados del exterior y del tiempo, que fuera pasa rápido, dentro florecerán extraños pecios flotantes. Trozos de objeto, alguno identificado, otros no; cada uno por un lado; estorbándonos todos. Marciana tierra de nadie desdibujada, que el aburrimiento ya no nos permitirá abandonar.

Allí, el tiempo seguirá inmóvil, invariable. Inmenso poder estático el de mr. Bean.

PECIO

¿A qué esperaba?

La mirada de orfebre aguardaba, velada. 
Yo -que a pesar de mis redoblados esfuerzos no conseguía sacarle de su tedio- sabía (por su mirada) lo que él esperaba

(Al estar aislado aquel cuarto, la chance no era fácil de improvisar: escenificar la aparición de la envidia o la rabia.
Pero lo necesitaba para parodiar un final
)

La receta de boquerones más cara
 
Un día lo empeñó en explicar su preparación de los boquerones en vinagre (que le salían buenísimos).

receta de boquerones… buenísimos

Le seguí la sobreactuación. Escuchándole, con ojos como platos, le indiqué que no estaba allí para recetas de cocina. Me levanté se levantó y me despedí.

En adelante, el sentimiento de culpa le acompañará– me animó.

La parodia terminaba; pensé.
Tomando la iniciativa me acompañó a la puerta, la abrió y me dejó pasar. Noté un zumbido y a continuación un fuerte golpe en la sien. Caí en la obscuridad.









Cuando desperté, la oscuridad todavía estaba allí. Continuaba en el cuarto, pero atado con unas cuerdas al diván.
A mis espaldas las cortinas dejaban pasar algo de la luz del día. Todo era silencio.


Mi incomodidad crecía, también tenía sellada la boca con cinta adhesiva. Y un gran cansancio iba reemplazando al dolor.





Intenté recomponer mi situación. Con esfuerzo incorporé la cabeza. Pedazos de un puto sintagma se desparramaban rotos por el suelo.
Distinguí la puerta cerrada, cubierta por la cortina. Se dejaban ver los objetos (tan familiares): las estanterías con libros, los cuadros, la mesa repleta de trastos.
Percibía algo más. Una leve respiración detrás de mí. Tranquila, relajada. Un cómodo acomodo en el sillón.

El silencio era total. Me sentí observado.

Perdí el conocimiento.






Al despertar algo había cambiado; seguía atado y una manta me cubría. Era de noche y las luces de la calle pasaban a pesar de las cortinas. Un aromático humo de pipa saturaba el ambiente.

Detrás, presentí gestos relajados; las chamadas, las recargas de la pipa, la respiración pausada.

Habló. Sosegadamente.


-Siento las molestias. Afortunadamente sólo ha sido un roce sin consecuencias. Me dejé llevar. Lo siento otra vez.

Seguía asombrado su charla mientras, bajo la manta, aflojaba las ataduras.

Hablaba con precisión, con tono académico. Manteniendo la atonía.

-En los proceso terapéuticos, sobre todo si son prolongados, es normal que aparezca alguna disfunción, algún desajuste… se trata de actuaciones de gran complejidad y a veces difíciles pa ppara lo loos pa pa…!

Carraspeó y se sonó.


-Perdone. Sólo es una pequeña molestia faríngea.

Luego limpió la pipa y prosiguió.

-Claro que, estos desajus jus, los desajujus te tes en el pa ppa pacici…

Soltó un exabrupto y oí la pipa estallar en el suelo. Su actitud calmada se esfumó.

-¡Esta bieeeeen! -continuó crispado- ¡engancharme al hablar!, ¡lo que me faltaba! ¡todo por no cortar a tieempo!
-No solo el aburrimiento, ¿eh? ¡Si fuera por eso!
-¿No quería ud. silencio? ¡!

Se disparaba.
Mientras, continuaba mi labor.

-¡Desánimo! ¡Problemas! Desmoralizado, desmoralizado.

Se lamentó, seco.

-Ha conseguido que odie mi trabajo. No, ¡peor!, ¡peeeor! ¡ha conseguido que… ! ¡Basta!


(murmuraba) … ¡son tóxicos!… campos de concentración… qué se creen… ¡fallido!… ¡el horror!



Se removía inquieto, fuera de sí. Luego dejó de hablar y de moverse… unos fuertes ronquidos reemplazaron sus quebrantos.



Logré desatarme y me incorporé. Al darme la vuelta y mirar hacia atrás, allí estaba. Hundido en la butaca, roncando. Mantenía los ojos bien abiertos y la mirada perdida…


Ha habido un intercambio de papeles, me pareció. Le eché la manta por encima antes de marcharme pitando.
Abrí la puerta de la casa y bajé a la calle. La noche era cerrada. Salí.


Mr. Bean, taxista empecinado en una larga carrera no explicada. Un día se le escapó la voz y me invitó a que escribiese.

Del Rigor en la Ciencia

En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él.
Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.


Suárez Miranda, Viajes de Varones Prudentes, Libro Cuarto, Cap. XLV, Lérida, 1658.

FIN



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