RECETA DE BOQUERONES (3.12.2017)

duración : 6’
dificultad: baja
interés: escaso

Me planteé hacer un psicoanálisis sin tener ni idea de cómo sería.

PARTIDA DE POKER Cincinnati Kid 1965

Ya había jugado al póker, y perdido, frente a Edward G. Robinson (Lancey Horward, El rey del juego, 1965) así que pasado un tiempo le propuse una partida final. Pero el astuto Robinson, quitándose presumiblemente de encima aburridísimas sesiones, me derivó a Mr. Bean.

(Mr. Bean es un personaje de la comedia al que las que las cosas se le van de las manos; se independizan)

El reemplazante resultó un terapeuta de película de los años 50; parquedad expresiva, mirada esquivo- defensiva, pañuelo al cuello… y la inevitable pipa.

Pronto comprobaría que en su entorno los objetos adquirían vida propia.

La pipa flotando.

La voz independiente de la mirada que se protegía.

Yo me incorporaría a interminables movimientos de flotación, levitación o retorno.

La pipa vuela
En una sesión al principio del análisis me encontraba dedicado a mi actividad analítica principal, consistente en el control del ritmo respiratorio del analista, de sus carraspeos, las chamadas a la pipa o su vaciado en el cenicero con las palanquitas esas que usan. Como también prestar atención a sus latidos y a los reacomodos en el sillón.
En principio esto puede parecer difícil dado que si tú estás tumbado delante en el diván no ves al analista que está sentado detrás. Pero con el tiempo adquieres bastante destreza y ayuda mucho para la necesaria concentración mantener un silencio prolongado.
Pero aquel día pasaba algo. Algo no cuadraba; algún suspiro más profundo no me dejaba concentrarme. Podría decir que el analista respiraba diferente.
Así que le pregunté a la lámpara que colgaba del techo; tumbado desde mi posición, sin verle:
– le pasa algo?

Oí que la pipa salía por los aires ocultándose debajo de un sillón. A continuación apareció en mi campo visual el analista y la recogió.
– perdone, hoy no vamos a seguir el ritmo habitual. Un familiar ha tenido un accidente y estoy esperando una llamada para ir a recogerlo.
Efectivamente fue una sesión corta, con puertas que se abrían y cerraban, llamadas telefónicas y una despedida abreviada.

Suspendidos
Recuerdo haber ido a ver a Anita, la nieta de la veterinaria de Villagordo del Júcar (alias Viki). Trabajaba en un piso en Fernando el Católico en un ambiente propicio a fantasías.
En estos locales, para mantener la privacidad, antes de salir se comprueba si sube algún cliente. Si es así, te pasan a otra salita hasta que la entrada se despeja.
El caso es que subía un cliente.

Salía de ducharme envuelto en la toalla. María, la dueña, con nervio, me desvió a un cuartito a que esperara allí.
Era un cuarto minúsculo y solo entraba la luz por la puerta entreabierta al pasillo.
María se debió equivocar, el caso que al momento la oigo que dice:
– pase por aquí y espere un momento. En cuanto la entrada se despeje le aviso.
En la penumbra nos saludamos. Yo envuelto con la toalla de baño y él en traje de calle, contenido, discreto.
– a ver si va rápido
– pues si

La chance era ridícula. Mantenía su posición discreta. Protegiendo su mirada. No habló mientras no hablé.
– bueno, ya está. Parece que se puede salir
– si
– por fin
No le di más importancia y lo olvidé.

Atrapados en el tiempo
Aquella habitación quedó aislada, del exterior y del tiempo, en un territorio fronterizo. Extraña tierra de nadie desdibujada y ajena a la gravedad.

Yo o partes de mí, junto con la pipa, la voz o la mirada del analista representábamos allí un vodevil previsible. La función de fin de curso ante la complacida Dirección del Colegio (o el fuego de Campamento) en donde en un ambiente lóbrego todo era como si. Incluido el increíble Hombre Orquesta: todas las escuelas, todas la interpretaciones; con saltos de continuidad y su dosis de asombro.

Florecieron en aquel ambiente extraños pecios flotantes -trozos de objetos, alguno identificado otros no- cada uno por su lado; estorbándonos todos. 

PECIO

Para entonces, entre la pipa, las voces, las miradas y todos los que allí éramos se estableció un  sistema autogestionario que daba cierta autonomía a las relaciones de intercambio que se producían en tan reducido espacio.  Cada uno por su lado; pero la monotonía y el aburrimiento nos mantenían unidos. Cada sesión era igual a la anterior.

Atrapado en el tiempo, Harold Ramis. 1993

A qué esperaba?
El tiempo y la mirada del analista continuaban la suspensión. Yo -que a pesar de mis redoblados esfuerzos no conseguía sacarle de su tedio- sabía (sabría que yo sabía) lo que él esperaba

(al estar aislado aquel cuarto respecto del exterior lo que él esperaba era difícil de conseguir sin sobreactuar;  y más que pareciese espontáneo: escenificar la aparición entre los pecios flotantes, de la envidia o  la rabia, p. ej.)

RACIÓN DE BOQUERONES EN VINAGRE

La receta de boquerones más cara  
Un día lo dedicó a  explicar su preparación de los boquerones en vinagre (que le salían buenísimos).

Le seguí la actuación. Escuchándole, con los ojos como platos, indiqué que no estaba allí para oír recetas de cocina. Me levanté se levantó y me despedí. No sin que me advirtiese, aliviado o agradecido, que en adelante el sentimiento de culpa me acompañaría. 

La parodia terminó.

Epilogo

El zorro Robinson acertó. El poker no era lo mío.

Me tocó leer. Años después tuve el sueño aliviante que reproduzco en la entrada El Sueño, reflejo de mi penosa experiencia analítica. Como también la sensación del taxista/ analista/ pasajero de estar perdido (recogiéndome en ninguna parte y dejándome en alguna parte).

Mr. Bean, taxista desorientado en una carrera desmedida colosal tomadura de pelo, a la que no renunció. El profesional equivocado con el enfoque inadecuado. Se le escapó la voz y me invitó a que escribiese.

Vivimos en el mismo barrio. Alguna vez al cruzarnos se protege la mirada y tuerce el cuello.

“La vida nunca nos debe nada, por mucho que nos quite. Y por eso nunca nos lo devuelve. Lo perdido, perdido es”

Un pensamiento en “RECETA DE BOQUERONES (3.12.2017)

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