EL SUEÑO (16.08.2016)

estacionNos abríamos paso a través de la multitud. Vicente T. comentó que en Información nos dirían de otros trenes que saliesen antes.

– y las maletas?

– déjalas -dice- así no nos molestan para movernos.

Me irrita la tontería. Y si dan la salida ya?

– No te preocupes. Volvemos y las recogemos.

Me parece absurdo. Vamos de vuelta a Valencia. Compramos precipitadamente billetes para un tren que tardará horas en salir. No está montado aún pero han puesto vagones en la vía. Vagones de los antiguos, con compartimentos cerrados.

Deben ir a tope, pienso, para usar estas antiguallas. En Agosto todo es así.

Colocamos los equipajes y nos instalamos cómodamente a esperar.

Cuando ya habíamos hablado de todo y hartos de ver pasar a gente apresurada fue cuando a Vicente T. se le ocurrió ir a preguntar por alguna anulación.

Estamos en Barcelona pero nada me permite confirmarlo. La estación es subterránea como cualquier estación de tren o de metro. Las luces, los paneles, los altavoces y las escaleras mecánicas no paran. Viajeros subiendo y bajando por todas partes. Un asco.

Al final conseguimos billetes para un tren que sale ya.

Más moderno, es de vagón corrido. Tampoco llega a la Estación del Norte -la antigua estación burguesa en el centro de la ciudad-. Nos dejará en El Grao, en el Puerto de Valencia, lejos del centro. Ya me las apañaré.

Arranca el tren. El suave deslizamiento hace que me duerma. Al despertar está anocheciendo y los pasajeros hablan relajados, en pequeños grupos. Luego del estrés de la mañana miro complacido.

Me llama la atención al extremo del vagón una peña de jóvenes. Uno de ellos se está masturbando y el resto ríen, cachondos. Los pasajeros o no se dan cuenta o siguen sonrientes la actividad. Qué país! Qué gente!, pienso.

Me indigno pero no mucho. Tengo que llegar a Valencia y organizarme con el cambio de estación.

Próxima parada, mi destino, el Grao de Valencia. Me doy cuenta que la anterior me pillaba más cerca de casa. Me irrita esa falta de organización. ¿Por qué no la anuncian?

Lógicamente me supondrá algún contratiempo pues El Grao queda lejos. Me obligará a coger un taxi.

Los viajeros se amontonan por el pasillo del vagón para bajar. Una chica al pasar por mi lado me gotea en la camisa una mucosidad blanca. Restos de la juerguecita, supongo. Un hombre, a mi lado, se aguanta la risa.

Han habilitado de forma provisional la estación intermodal pasante de El Grao para desviar en los meses de verano los intensos flujos de viajeros en tránsito, evitando así que recalen por el centro de la ciudad. Solo se facilita el acceso al centro a los que disponen de alojamiento y de esta forma no queda colapsado, día y noche, por grupos de transeúntes desorientados. Unas horas hasta que toman otro tren o un autobús que los lleve a cualquiera de los aeropuertos low – cost de reciente creación.

Esta situación es consecuencia de la aparición de conflictos y luchas urbanas con los residentes.  En su breve estancia, los transeúntes buscan satisfacer sus exigencias. Beber, tomar algo, acomodo por los bares para, a la vez, reponer fuerzas y otras necesidades orgánicas. Numerosos selfies deslumbran esos instantes en los que el alcohol circula con generosidad.

El fenómeno fue acogido inicialmente de forma positiva por los comerciantes, que vieron una oportunidad para incrementar sus ingresos. Incluso los cafés habilitaron sillones en los que, por un precio razonable, se puede echar una cabezadita. Pero las broncas y los reclamos perentorios de los visitantes se hicieron habituales, produciéndose enfrentamientos e incluso algún suceso poco aclarado. La valoración de esos impactos en el tejido social urbano por los Gobiernos Territoriales ha llevado a la aplicación de políticas de profilaxis, en general bien aceptadas por todos los interlocutores sociales.

El edificio de la estación es de planta rectangular con dos zonas diferenciadas: el gran hangar con las vias pasantes y el edificio de viajeros propiamente dicho, de planta en U y pilares independientes. Las fachadas están rítmicamente desarrolladas según módulos de policarbonato acristalado propio de una estructura provisional y desechable como es esta. Al ser una estación intermodal los viajeros trasbordan por una rampa a los autobuses que los llevan a sus destinos.

El conjunto está dejado caer en medio de la nada, en una amplio descampado.

Mediante la pegatina con el código de trazabilidad que llevo en la camisa, la amable azafata me desvía hacia la salida de la estación. En el exterior se abre un espacio terminado bruscamente en curva cerrada. Me molesta, porque los coches y los viajeros llegan, o se marchan, por accesos laterales, sin que pueda intuir por dónde ni cuándo .

Los que no tienen que tomar un autobús se afanan, con mayor o menor éxito, por coger alguno de los escasos taxis. Evito discusiones y me dispongo a esperar.

Al rato la actividad en el exterior de la estación ha decaído. Pero aunque no queda gente ni coches, las luces, los paneles, los altavoces y las escaleras mecánicas siguen igual, lo que me aumenta la sensación de estar en un escenario inerte.vias

Frente a mí, la explanada exterior de la estación del Grao queda delimitada en la oscuridad envolvente de la noche. La iluminación desde lo alto de los postes por lámparas de vapor de sodio, contorna la escena como si fuese de bambalinas, con la tonalidad amarillo-naranja de los focos. A mi espalda, el telón de fondo reproduce los paneles de policarbonato del edificio, transluciendo algo de su luz. Y más arriba del haz incandescente, y a lo lejos de la explanada, todo está negro.

Prácticamente, me he quedado solo.

Hay una camioneta de colores con un conductor que parece pakistaní. Estoy seguro que él me atenderá. En su país usan esas camionetas para transportar viajeros.

Cuando le pregunto, el paquistaní me mira asombrado. No obstante me dice que no puede, que tiene que descargar unas cajas.

– Sucran-  le digo aparentando que me comprende.

En un lateral una familia sale de un taxi. Corro y le pregunto al taxista si está libre. Asiente.

Por fin!, suspiro aliviado. Cuando entro en el coche veo que se han dejado unas chaquetas. La familia está saliendo despacio de ese escenario apestoso que es la explanada de la Estación de El Grao.

Tomen! Se han dejado esto! -les grito y corriendo les entrego, mientras me miran sonrientes.

Aliviado entro en el taxi. Se han dejado también el cochecito del niño! Lo cojo horrorizado y repito la ceremonia anterior.

Vuelvo asqueado al taxi.

– a mi casa, le digo al taxista. Y cierro plácidamente los ojos. Me quedo dormido.

Despierto. El taxi está parado con el motor en marcha dentro de una nave mal iluminada. El taxista, encendida la pequeña luz de la cabina, consulta, indeciso, unos papeles. Pienso que son mapas. Puede ser que se haya perdido. Lo miro con los ojos entornados, sin intervenir. Al poco un hombre de más edad entra decidido en el coche. Por el aspecto puede ser su padre.focos

Entonces me doy cuenta que el problema del taxista no es la ruta, como interpreté. Tampoco son mapas los papeles que consulta. El recién llegado habla al taxista en un tono grave, decidido. Le pasa la mano por la cabeza y él, abatido, apesadumbrado, la hunde entre los hombros de su padre, que lo consuela.

No puedo más. Me despierto. Telón de boca.

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